Las caras de Copenhague, las contradicciones de Dinamarca

14 May

Escribo desde una pequeña colina, no más de 10 metros. Uno de los puntos naturales –no edificados, me refiero- más elevados de Copenhague. El paisaje es gris. La ciudad está tapada. En primer término un parque impresionante con frondosos árboles verdes de hoja nueva. Detrás los edificios más modernos de Island Bridge y la parte este del canal, seguido por el resto de la ciudad que se apelotona en la misma imagen con sus campanarios y edificios más característicos que despuntan.

Este es un lugar impresionante en el que nunca antes había estado. Esta ciudad tiene muchos espacios, muchas caras. Esta es una nueva. Pese a que llevo por aquí ya nueve meses, habiendo recorrido kilómetros y kilómetros de paisaje y habiendo husmeado en los más variopintos rincones, esta ciudad se empeña en seguir sorprendiéndome.

Igual que este país, donde la gente se autodefine como solitaria y autónoma, pero que al mismo tiempo, un viernes a la 1 de la madrugada te sorprenden los vecinos tras una corta conversación entre balcones y se plantan en casa a beber whisky y cerveza. Esas cosas, esas contradicciones pasan en Dinamarca.

También es este país aquél en que su sociedad se define abierta y tolerante, multicultural e integradora, pero que de un día para otro el gobierno decide enviar a hacer puñetas los avances más importantes logrados nunca en Europa para sus ciudadanos y rompe el tratado de Schengen sin pensárselo dos veces. Sí, esos contrastes pasan en Dinamarca.

Las claves para entender el titular de la semana “Dinamarca rompe con Schengen y da un portazo a Europa” son tres. Desde mi punto de vista: consecuencia internacional de la política interna, populista e interesada. Si os interesa las explico en ‘Dinamarca: Las tres claves de romper de Schengen’.

Pero a pesar de la decisión que ha tomado el gobierno danés es hora de plantarse, de decir basta, de seguir creyendo en la Europa de todos, en la de las personas, más que en la de las mercancías y la economía. Y ya que esto va de contradicciones en Dinamarca añadiré una última.

En este país dónde uno encuentra la ranciedad más pura entre los nacionalistas del cierre con el exterior, también se encuentra a aquellos que piden disculpas por la vergonzosa imagen que su país está dando.

Como ha aparecido amplificado en los medios internacionales en Dinamarca hay una parte de la sociedad –además ahora en el gobierno- que quiere cerrar fronteras, pero hay otra que no quiere más que abrirlas. Desde ya hace algunos años hay en este país un interesante movimiento social y cultural que de vez en cuando sale a la calle para empapelar las paredes con carteles que claman: “Foreigners, please don’t leave us alone with the danes!” (“Extranjeros, por favor no nos dejen solos con los daneses”).

Sí, les haremos caso porque ni los de fuera pueden quedarse sin las grandezas de Dinamarca ni ellos se merecen que los dejemos solos.

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