La felicidad al sol

20 Abr

Dinamarca es un país en el que la gente invade los parques y plazas públicas cuando sale el sol, donde los jóvenes se extienden en la hierba con cajas de cerveza y se tumban a conversar o escuchar música, donde cada espacio de sol está ocupado por alguien que busca la energía que transmiten sus rayos.

Tendemos a decir que España es el país del sol, de la buena vida, pero no había más que darse hoy un paseo por Copenhagen para comprobar que aquí el calor y la primavera se sienten en su máximo esplendor. Un país en que los inviernos son largos y oscuros, pero que en el momento que empieza la primavera no solo brotan los colores de las plantas, sino también de sus gentes. Un país en el que suceden estas cosas tiene que tener una recompensa, y esa recompensa se encuentra en la felicidad de su gente.

Esta mañana, mientras repasaba algunas cosas en la biblioteca de la universidad, unos estudiantes han salido del departamento con un par de colchones, bocatas y latas de cerveza y se han puesto a hacer un pickinik junto al lago.

A mi me han dado algo de envidia, y al rato he recogido y me he vuelto a Copenhagen. Al salir de la estación central me he encontrado con manadas de gente paseando por las calles, muchos turistas, pero también muchos daneses que aprovechaban los primeros días de vacaciones para disfrutar de la ciudad con temperaturas muy agradables. Después de comer, me he ido con Sara a comprar, y al terminar hemos ido a tumbarnos a un parque cercano. Era impresionante la cantidad de gente amontonada allí, bajo el sol charlando, jugando a fútbol, haciendo improvisadas barbacoas y tomando el sol como si se tratase de la playa -incluso topless-.

Hemos aguantado hasta que el sol se ha ido y el viento ha empezado a soplar.

Por la noche, he arreglado el problema con el internet que teníamos en casa desde hacía un par de semana, con la imprescindible ayuda de mi primo, que a más de  2000km me ha ido dando las claves para ir encontrando y solucionando cada error.

Tras dos semanas sin internet en casa, uno ha aprendido (por la fuerza de no tener acceso) a separarse de la red. A no estar pendiente de cada mensaje, de cada comentario, de cada foto subida, de cada nueva noticia. Tras haberme quitado el ‘mono’ de internet, tras haber aprendido a dosificar el tiempo empleado en la red a fuerza de no tenerlo ahora vuelve a estar ahí, listo para cuando quiera usarlo. En estas semanas sin internet en casa hemos sabido encontrar otras cosas para ocupar ese espacio de vacío, actividades que no hubiesen podido ser posible bajo la presencia de internet, pues para bien o para mal acaba descentrando, te ofrece la suculenta oportunidad de estar en 4 sitios a la vez al tiempo que no estás en ninguno de ellos.

Ahora sé que hay vida sin él, que se puede compaginar. Y si se me olvida, espero encontrarme con la felicidad al sol de los daneses para recordar que hay vida ahí fuera.

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