El momento de aprender

13 Abr

El lunes por la tarde, tras un paseo en bici por el extrarradio de Copenhagen llegué a la biblioteca Black Dyamond y al ver una larga cola de gente en las taquillas recordé la llamada que me había hecho Esther para proponerme acudir a una conferencia de la socióloga americana Arlie Hochschild, que sería allí mismo.

Yo no me había comprometido a ir, pero el hecho de llegar 10 minutos antes de que empezara y que una chica de la cola se dedicase a alagar a la socióloga durante 2 minutos me hizo cambiar de opinión. Casi sin saber donde iba, sin saber de qué hablarían en la conferencia entré y me senté rodeado de gente que no conocía, pues finalmente Esther no pudo llegar porque se le rompió la bicicleta.

En el escenario oscuro, con un par de focos que iluminaban en el centro dos taburetes y dos pequeñas mesas repletas de libros, papeles, y vasos de agua, aparecieron dos señoras. Una desde cada esquina, que fueron conversando hasta llegar al centro. Hablando de pesadillas relacionadas con la esclavitud de la mujer en casa, con el cuidado de los niños, de los mayores, con la limpieza del hogar. Por un lado la presentadora del acto (prototipo de señora danesa rubia, alta, con presencia y una voz grave voz perfecta para dirigir el acto), por el otro Arlie Hochschild, una señora mayor, con un marcado acento americano y una dulzura que invitaban a seguir sus razonamientos. Ambas fueron preparando el terreno en base a una conversación que podríamos tener cualquiera para introducir a un auditorio repleto de mujeres (los hombres eramos justos) divididos en dos rangos de edad: estudiantes entradas en los veinte-recién entradas en el mercado laboral y señoras casi salidas del mercado laboral-jubiladas.

La socióloga, de 70 años, con una mentalidad más abierta y moderna que muchos de mi edad fue desarrollando a lo largo de la conferencia su teoría. Su foco de estudio se centra en las consecuencias emocionales (muchas veces no vistas) que está generando el proceso de globalización.

Por una parte, la incorporación -lenta, pero incorporación- de las mujeres en el mercado de trabajo, que está llevando a que cambiemos nuestras prioridades: hemos dejado de dedicar tiempo al hogar, a nuestros vínculos familiares, en pro de la dependencia del trabajo. No es que antes lo hiciésemos bien (pues al fin y al cabo las mujeres eran dependientes del hogar), pero es que ahora tampoco hemos mejorado, pues se ha perdido gran parte del vínculo emocional, en pro de una mercantilización de esa ‘las relaciones emocional’, y es ahí donde va la segunda parte.

La necesidad de suplir el lugar que han dejado vacante las mujeres en el hogar lleva a tener que contratar personas para que hagan este tipo de tareas (cuidado de niños, enfermos o mayores) al mismo tiempo que transforma los vínculos familiares (pues un tipo de relación padre (o madre) con los hijos no puede ser suplido por otro agente). Personas que, por lo general (por lo general en Estados Unidos, donde la autora había desarrollado su teoría) provienen de países subdesarrollados (Filipinas) o con desestructurado mercado laboral (México) que han de emigrar, generando al mismo tiempo un vacío en sus familias, por haber tenido que abandonar sus hogares.

Según la autora hemos entrado en una dinámica que perjudica a las sociedades occidentales, y ese daño ha sido exportado -como siempre- a los países menos desarrollados. Puso un ejemplo muy gráfico. La firma en los años noventa del tratado de libre comercio entre los países de América del Norte (NAFTA), llevó a que los empresarios estadounidenses pudiesen exportar su maíz a México, acabando con los ingresos de muchas granjas de aquél país (pues el maíz americano era más barato, al haber tenido menos costes de producción) que hubieron de cerrar. A falta de ingresos, las mujeres de estas familias habían tenido que emigrar a Estados Unidos a limpiar casas y cuidar de niños y ancianos para conseguir ingresos que enviar.

¿Quiere decir que algo  hacemos mal al contratar a personas para que cuiden de hijos y mayores? No. ¿Quiere decir esto que no se puede contratar a inmigrantes para hacer tareas de dependencia? Tampoco.

Arlie Hochschild defendió que evidentemente hay que cubrir estas necesidades, pero antes hay que reflexionar. ¿Hasta qué punto estamos permitiendo que el mercado laboral acabe con las vínculos emocionales en nuestras familias? ¿Por qué nos hemos olvidado -ahora quizá las mujeres, pero desde siempre los hombres- de la importancia de la educación emocional? ¿Por qué una mejor posición en el mercado laboral tiene que estar ligada a romper los lazos con quienes queremos?

Y en segundo lugar, el hecho de querer liberar parte de la carga de dependencia está generando complicaciones a otras personas. Pues alguien ha tenido que abandonar su país, dejando a su familia y los suyos, para llegar a un nuevo lugar y tener que suplir el papel de otro. Evidentemente son personas que han tenido que salir de su país en búsqueda de trabajo, pero son personas a las que nosotros les estamos generando, al mismo tiempo, gran cantidad de problemas y desvinculando de los suyos.

¿La solución? Compleja de encontrar. La autora dijo que en el país en que estábamos era precisamente de donde había que aprender, pues el Estado de Bienestar juega un papel fundamental en los derechos de los trabajadores y en permitir una buena conciliación entre el hogar y el trabajo. Pero dio una clave: mirarse y saber analizarse a tiempo, pues aunque esto aún no sea un problema aquí, al tiempo. Sobretodo con el desmantelamiento del Estado de Bienestar que se está viviendo en estos tiempos como consecuencia de la crisis y el poder que, cada día más, acumulan los mercados.

Este fue simplemente un prisma más -pocas veces observado- de ese gran proceso de transformaciones que es la globalización y que queramos o no nos cambia a una velocidad de vértigo. ¿Ante esto que hacer? De momento, aprender.

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