Desconexión

8 Abr

Fue sin premeditación. Un cúmulo de inesperados acontecimientos se han ido sucediendo hasta conseguir apartarme durante 10 días de este cuaderno en que resumo experiencias y reflexiones.

Poco después de escribir desde la biblioteca la última publicación del blog (“Y la luz se hizo”) llegué a casa y mientras preparaba la cena con Sara escuchamos unas voces desde la entrada. Parecía la visita habitual de los amigos, pero al poco me di cuenta de que no era una visita habitual, era una visita mucho más grande de la esperada, tanto que me dejó una cara de asombro durante unos cuantos segundos. Fueron entrando a la cocina Ana, María, Guille, Marc,… pero tras ellos apareció alguien más: Clàudia y Eva.

Imaginad mi cara de sorpresa al ver a aquellas dos grandes amigas que habían compartido tanto tiempo con nosotros durante el primer semestre y que su ausencia ahora tanto se había notado. Ellas eran parte esencial de ese otro tiempo de Dinamarca en que vivíamos en las residencias, en que hacíamos todo en grupo, en que conquistábamos las fiestas y cocinas en tropel, eran la imagen de aquél semestre en que todo lo hacíamos juntos,… Y aquí estaban de nuevo, listas para encontrarse con todos nosotros, a ver in situ como nos lo habíamos montado sin ellas. Tras unos segundos de configuración cerebral (nadie esperaba un martes cualquiera una sorpresa como aquella; bueno alguien sí: Marc, que secretamente había sido su cómplice para organizarnos todo esto) di por rotos prácticamente todos los planes y esquemas para la semana y nos fuimos a celebrar su llegada.

Durante los 6 días que estuvieron por aquí volvimos a la vida de grupo, a las tardes de sofá, a las noches de Kulors Bar (eso sí, sin horarios de trenes), a paseos por la ciudad, a la complicidad de Eva y la espontaneidad de Clàudia, a las comidas de grupo y a todos esos ratos compartidos. Fue entrañable y feliz reencontrarse con todo aquello, pero al mismo tiempo también extraño para mí, para todos supongo.

Muchas cosas han cambiado en estos últimos meses desde el desembarco en la ciudad. Uno se da cuenta en el día a día, pero durante su visita las diferencias se hicieron aún más patentes, todo había cambiado: el lugar (ahora Copenhagen, en lugar de Trekroner), el escenario (nuestros pisos, en lugar de la residencia compartida), el momento (tras un primer semestre de descubrimientos ahora estamos en el de momento de cada uno, con un bagaje que nadie antes tenía por estos lares) y también los personajes (ellas más cautas, con las lecciones aprendidas tras la vuelta del Erasmus, nosotros con las nuevas rutinas que habían marcado nuestros días en la ciudad).

Tras su partida, el lunes por la mañana me desperté y comenzó una desconexión mucho más grande con mi vida del día a día, en este caso doble. Por un lado física: la combinación de un virus y fiebre fue haciendo mella en mí al tiempo que me iba alejando de la vida de la calle y enclaustrándome en la cama. Por el otro virtual: nos quedamos sin internet en casa con todo lo que ello conlleva para un grupo de gente que vive pegado a la pantalla y hace de la vida virtual una parte sustancial de la real.

Esta desconexión estuvo protagonizada por el arroz hervido, las tostadas con aceite y sal, ibuprofenos, vitaminas, libros, documentales, películas y periódicos que de una u otra forma iban llegando a mis manos para saber lo que se sucedía ahí fuera, en el mundo de los conectados, en el mundo real.

Ahora, tras estos diez días que han supuesto una salida de la senda consigo volver a ver el camino. Ha sido un parón para volver a mirar a atrás, por una parte, y para quedar fuera de juego por otra. Pero tranquilos ya he vuelto al camino. A un camino al que ya se le va acabando el tiempo y del que espero no volver a desconectarme, pues ahora necesito seguir sacando todo el jugo posible a esta experiencia. Para que al final “el zumo de naranja danesa exprimido sepa al mejor zumo que jamás hayas probado”.

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