Studiestræde

19 Feb

El ritmo del rap me ha sacado de los sueños. He mirado el móvil y ya se había hecho muy tarde. De nuevo, otro sábado que empezaba demasiado tarde, consecuencia de la agitada noche anterior. El sonido del rap me ha sacado de nuevo de aquellos pensamientos. No comprendía de donde venía semejante alboroto. Me he asomado al salón, pero allí no había nadie. He abierto la primera ventana y el sonido ha retumbado aún más. Al abrir la segunda -en el piso los cristales son dobles- he visto a decenas de personas en la esquina, atendiendo a una actuación en la calle, amplificada por tremendos altavoces. Mi vista no alcanzaba a ver qué sucedía, pues la actuación se estaba produciendo justo al girar la esquina.

Al salir hacia el baño me he ido encontrando con los compañeros del piso y algunos invitados (e invitadas, claro) llegados al calor de la noche. Tras una ducha y tas comentar las consecuencias de los hechos de la noche anterior, me he puesto las botas y he salido a la calle. A andar por Studiestræde. Para aquél momento, el espectáculo de la esquina ya había terminado, pero la calle seguía con su vida de siempre. Es espectacular bajar las escaleras y encontrarse con ese barullo de gente. Este trajín de bicicletas en ambos sentidos, personas andando, entrando y saliendo en todos los locales y apenas algún que otro coche.

Mi calle empieza justo al lado de la plaza del Radhus (Ayuntamiento) y transcurre paralela a la conocida Strøget. Ahora escribo desde el Kafe Bjørg’s, una peculiar cafetería con aires parisinos, que se encuentra casi al principio de mi calle.

A lo largo del par de centenares de metros en que se prolonga uno puede encontrar casi de todo. La Universidad de Derecho de Copenhagen, cafeterías (como esta misma o el Living Room), agencias de viajes, tiendas de ropa (desde estilo gótico a ropa de los ochenta, pasando por algunas más modernas, u otras con ropa de segunda mano), pubs como el ‘Bar7’, una pizzeria (en la que trabaja Andrea un chaval italiano, recién llegado a Dinamarca que apenas sabe inglés y que anoche se vino a casa a tomar unas cervezas con Constantin y sus compañeros de trabajo, pues lo habían conocido mientras pedían en el local: esto va así), o una antigua  tienda de libros.

Precisamente ayer, cuando volvía de arreglar la bicicleta de Ana (con razón uno se gana el título de mecánico de los Erasmus) me topé con esa tienda de libros con pinta estupenda, que ya había visto algunas veces pero nunca me había atrevido a entrar. Al bajar los 4 escalones del portal, me adentré en un mar de libros. Libros por todas partes amontonados: en estantes, en cajas en el suelo, sobre sillas y mostradores. Increíble… la sensación era un poco claustrofóbica, pero al empezar a hojear las páginas e ir descubriendo libros y más libros -algunos en danés, otros en inglés- me sentí sumergido por el ambiente. Allí uno podía encontrar casi de todo: libros de historia, cuentos, novelas, catálogos de museo, libros nuevos y otros mucho, la mayoría, de segunda mano -o tercera, quién sabe-, muchos usados y polvorientos, pero aquel contexto invitaba a perderse entre ellos, a dejarse llevar por aquél cúmulo de páginas y páginas escritas.

El hombre que la regentaba parecía sumergido en aquella atmósfera de letras e historias cruzadas, hablaba poco. Yo, con ganas de saber, me atreví a hacer algunas preguntas: me contó que el lugar llevaba abierto desde hacía más de 80 años, que la mayoría de los libros eran de segunda mano, encontrados o regalados por lectores que ya no los querían, decía que allí uno podía encontrar casi de todo,… quizá ni él sabía muy bien todos los libros que allí habían, aunque por un par de comentarios que hizo me temo que en aquél desorden él era el único que conocía como estaba todo arreglado.

Encontré varios libros que me gustaron, en la primera inmensa pila de tomos en que me puse a rebuscar. Tras dudar entre un par decidí acudir al mostrador y regalarme el libro de “The Arabian Nights”, las historias de “Las mil y una noches”, reconocidas cuentos del mundo árabe que me servirán para leer en inglés fuera de los manuales y artículos recomendados en clase.

La calle sigue algo más y uno se puede encontrar con una tienda de bicicletas, una pequeña plaza y al final de la calle hay una gran iglesia con unas columnas dignas del Congreso de los Diputados. Para confesar nuestros pecados Erasmus pensarán unos, para recordar la buena vida que a algunos la iglesia no les dejó vivir y hacerlo por ellos, pienso yo!

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