Que grande es el mundo o un viaje por escandinavia en barco, coche y furgoneta

26 Ene

Qué grande es el mundo.

Quizá en la imagen que hay bajo estas líneas no se observe nada más que una espesa mancha negra difuminada con tonos azules y naranjas. Quizá. Pero en aquella estampa desde el barco en que cruzábamos el Mar del Norte desde Oslo (Noruega) hasta Frederikshavn (Dinamarca) -que traté de captar con la cámara que encontré en mi bolsillo- yo vi algo más que simples borrones oscuros. En la popa del barco, tras dejar atrás el fiordo de Oslo, andábamos por medio del mar cuando contemplé el horizonte oscuro frente a mis ojos, un horizonte oscuro en el que se podía vislumbrar perfectamente la grandeza del globo terráqueo, se veía en el espeso paisaje los límites de la naturaleza, cuando el globo ya no daba para más. En aquella barandilla del barco se  separaba la plenitud de la naturaleza -frente a mis ojos- de  las normas, las obligaciones y demás complicaciones de la vida que quedaban a mi espalda, en el barco, y en la tierra que había hacia el sur.

Bajamos las escaleras de casa con prisa, cargados de maletas, sacos de dormir y packs de cervezas. Cargamos la furgoneta que nos había dejado la universidad tan pronto como pudimos y partimos hacia Goteborg (Suecia). Sobre aquél gran trasto rojo íbamos un alemán (Constantin), dos italianos (Fede y Vera) y seis españoles (Javi, Aitor, Noel, Guille, Sara y yo). Pronto nos dimos cuenta de que la furgoneta no iba bien, le faltaba aceleración, así que al llegar a Suecia buscamos un mecánico que pudiese echarle un vistazo. Eran las 7 y media de la tarde, y en consecuencia todo cerrado. Al fin encontramos un taller Mercedes donde, gracias a los suplicios de los pobres estudiantes mediterráneos que habían visto fracasado su viaje necesitaban de la complicidad de los mecánicos para que echaran un vistazo a un vehículo Wolswagen, los mecánicos escucharon el motor y tocaron un par de cables: consideraron que era cuestión del turbo, pero algo sencillo (dijeron) que no suponía un problema para ir hasta Goteborg (a unos 300 km al norte).

Nosotros -y nuestras ganas por empezar aquella aventura- nos pusimos a la marcha y fuimos cruzando aquél paisaje de nieve y bosques frondosos. La furgoneta alcanzaba los 80km/h en línea recta, los 100km/h en bajada, pero de los 40km/h no pasaba en las subidas. Poco a poco (con camiones adelantándonos, incluso) llegamos a Goteborg y nos metimos en el hostal.

A la mañana siguiente, preocupados por poder seguir el viaje por las condiciones de la furgoneta acudimos a un taller oficial. Allí encontramos a Antonio (tiene narices la cosa, ir a un taller en Suecia y encontrarte a un mecánico chileno que se llama Antonio, nombre por antonomasia de mecánico) que inspeccionó el motor y confirmó que era peor de lo que pensábamos: el turbo no funcionaba. No era recomendable seguir el viaje con la furgoneta y la reparación tenía un coste de 20.000 Coronas Suecas (unos 3.000€). A partir de entonces empezaron 6 largas horas de negociación entre los mecánicos, la universidad (dueña del vehículo y financiadora del transporte del viaje) y nosotros. Tras decenas de llamadas entre Suecia y Dinamarca conseguimos que la universidad aceptara a dejar allí la furgoneta para su reparación y nosotros alquiláramos otro vehículo para continuar con el viaje. La tarea de alquilar un nuevo transporte también fue complicada, pues la idea que llevábamos era devolverlo en Copenhagen (última parada del viaje) y ellos exigían que fuese en Suecia. Al final nos dieron dos coches Golf a cambio de devolverlos en Malmö, ciudad próxima a Copenhagen, pero en Suecia.

A media tarde, tras un soleado día malgastado en un taller Wolswagen de un polígono industrial de Goteborg conseguimos los coches y decidimos continuar el viaje. Es importante decir en este punto que la actitud de los amigos del viaje fue excepcional, todos sin quejas, adaptándonos a la situación y conscientes de lo que llevábamos entre manos no era fácil de digerir.

Ya con la noche presente tomamos el camino hacia Oslo (capital de Noruega) sin haber visto nada más que el perfil de la ciudad de Goteborg y un inmenso polígono industrial que reflejaba la potencia económica de la segunda ciudad de Suecia.

En Oslo, tras pagar los invisibles peajes, nos adentramos en la ciudad hasta encontrar el albergue en que nos hospedábamos. Una gran habitación con 8 camas, por lo que habría que compartir, pues éramos nueve. Cenamos un kebab en un restaurante regentado por un marroquí de Benidorm (tal cual) y a la cama.

A lo largo del día siguiente descubrimos la ciudad nevada, con parques inmensos e increíbles estatuas teñidas por el hielo, visitamos el puerto con el fiordo parcialmente congelado y volvimos al albergue a arrasar con las cervezas que habíamos traído desde Copenhagen. La noche fue muy divertida, en aquél albergue nos encontramos a un conocido americano que vivía en la residencia de nuestra universidad y estaba recorriendo Europa antes de cruzar el charco de nuevo. Aquella noche la acabamos en una extraña discoteca, con extraña música y extraños individuos (ah, y carísimos precios: 10€ la cerveza).

El sábado visitamos el parlamento noruego, el increíble palacio de la Ópera de la ciudad, junto al mar, y la estación de saltos de esquí Holmenkollen (donde se celebrarán los mundiales de salto el próximo mes) desde donde contemplamos la ciudad y todas las montañas cercanas: brutales vistas.

Aquella tarde cargamos las cosas y nos fuimos con los coches al puerto, donde tomamos el ferri que nos llevaría a Dinamarca: pasamos la noche en el barco, entre camarotes, popas, proas, salas de fiesta, mesas de apuesta y rincones donde jugamos partidas de cartas muy divertidas.

Al llegar a Frederikshavn (Dinamarca) a eso de las 7 de la mañana, el sol estaba saliendo, cogimos los coches y nos fuimos a Skagen, el punto en que se encuentran Kattegat y Skagerrat, los dos mares del norte. La playa tenía escarcha y una zona inundada estaba congelada, como niños nos pasamos un buen rato patinando.

Desde aquél increible paisaje fuimos hasta Aalborg, una ciudad del norte de la península de Jutlandia, donde encontramos en una recogida plaza una pista de patinaje. Como nos habíamos quedado con las ganas de patinar más en el hielo de la playa alquilamos unos patines y pasamos una hora deslizándonos sobre el hielo rodeados de niños y padres. Hubieron resbalones, carreras, adelantamientos forzosos y algún que otro tropezón más que gracios.

Desde allí bajamos a Ahrus, donde pasamos la noche y visitamos la ciudad por la mañana, entre su canal central y las calles peatonales. Ya de vuelta a casa paramos en Odense, la ciudad que vio nacer a Christian Andersen (el danés más popular, autor de cuentos tan conocidos como el Soldadito de Plomo, la Sirenita, Pulgarcito o el Patito feo). Tras aquella última parada cruzamos el largo puente de Storebaelt (casi 7 km) que une la isla de Fiona con la de Selandia y seguimos la carretera hasta casa.

Descargamos el equipaje (primero en Korallen y luego en Copenhagen) y Fede y yo seguimos hasta Malmö, pues habíamos de devolver los coches como habíamos acordado con la compañía. Y allí, con la exigencia de dejar los vehículos en el lugar correcto y las prisas por no perder el tren volvimos a casa tras haber recorrido más de 1400km por carretera y cerca de 350km por mar.

Es entonces, tras un viaje como este, con tantas experiencias vividas, cruzando tres países diferentes, usando 4 monedas distintas (coronas danesas, suecas, noruegas y euros), gente conocida, lugares visitados y paisajes recorridos con un grupo heterogéneo de gente, con las dificultades con los vehículos y demás imprevistos surgidos. Es entonces, digo, cuando uno se da cuenta de que a veces esas complicaciones de la vida que quedaban a mi espalda en el barco enseñan mucho y hay que girarse y mirarlas de frente, porque de lo contrario este viaje no hubiese sido ni la mitad de bueno. Si con aquél primer imprevisto hubiésemos decidido volver hubiésemos renunciado a espectaculares amaneceres, vistas que dejan sin aliento, conocer a personas maravillosas, conversaciones a 3 idiomas o ratos irrepetibles con amigos con los qué quién sabe si en el futuro me volveré a tropezar. Qué grande es el mundo y yo, pese a las complicaciones que exige, no renuncio a conocerlo.

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Una respuesta to “Que grande es el mundo o un viaje por escandinavia en barco, coche y furgoneta”

  1. Pepe Santafé 28 enero, 2011 a 14:22 #

    Pura vitamina para seguir creciendo. Pepe

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