Escribir

11 Dic

No sé qué haré el semestre que viene cuando viva en la ciudad. No sé cuándo ni por qué escribiré. No sé de donde vendrán mis reflexiones. No sé qué haré sin ese frío que da fuerte en la cara y se extiende por todo el cuerpo cuando vuelvo cada noche a casa desde la residencia de los amigos.

Tras esos ratos con españoles o internacionales de risas, de contar experiencias, de discutir, de reflexionar… a veces tras ir de simple visita, otras tras una noche de película, tras apenas una cena, cuando vengo de una fiesta o de un fiestón, de noches que acaban en nada o mañanas que empiezan con mucha resaca.

No sé que haré el próximo semestre, porque son esos ratos, esos minutos que recorro bajo la silenciosa Dinamarca andando o en bicicleta los que sirven para meter aire fresco en mi cabeza, para tomar una bocanada de tranquilidad, del silencio ahí fuera que contrasta con el griterío que llevo por dentro y me ayudan a discernir todos esos pensamientos que se enredan por mi cabeza.

Y es en ese momento cuando entro a Rockwool con su característico olor y subo sus escaleras pegajosas y recibo el calor del hogar. Ahí, tras ese trance entre la vida con los otros y con uno mismo, al llegar tras ese silencio embaucador es cuando escribo. Cuando mejor llegan las ideas a mi cabeza. Cuando mejor alcanzo a entender ese mundo tan complicado que hay ahí fuera y que se complica aún más cuando se entremezcla con el que cada uno lleva por dentro.

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