Juegos de mesa, actividad recurrente

31 Oct

Anoche era noche de sábado. En mi casa había algo así como una merienda-cena de disfraces de Halloween, pero a mí me surgió un plan mejor: que Sara me cortara el pelo. Fui a Korallen y con el baño bien preparado (todo cubierto con bolsas de basura) empezó la faena. No era fácil: me había de dejar un pelo decente con unas tijeras en desuso y una máquina que de vez en cuando hacía un trasquilón (maldita Taurus!).

Al principio fue difícil, no estaba claro por dónde empezar… que si por las patillas, que si la coletilla, que si los lados o el flequillo. Pero poco a poco la cosa se fue apañando y al final el éxito fue tal que Sara, en un arrebato de felicidad estilística, me cedió las tijeras para que fuese yo quien cortase su pelo. Yo la intenté calmar, decir que el éxito no residía en las tijeras sino en la cortadora, pero ella no se amedrentó. Dijo que aceptaba… imaginen mis dedos temblando, a sabiendas de que cualquier error tendría importantes consecuencias aunque ella dijese que no. El tema no era complicado, simplemente las puntas haciendo una forma de ‘V’ desde la nuca hacia adelante. La cosa fue como pudo, pero teniendo en cuenta las reacciones podría decir que no estuvo mal del todo.

Tras el corte de pelo vino devolver los favores: desatacar las tuberías del baño de Sara. Noel, que me vio con cara de fontanero (y aprovechando que llevaba los guantes puestos) me pidió que también quitase una bola de pelos de sus tuberías que no dejaban filtrar el agua… mejor me ahorraré los detalles pues esta vez fue algo más complicado y con peores consecuencias para mí (maldita agua putrefacta!). Pero bueno, veré esto desde el lado positivo: si lo de sociólogo no sirve siempre quedará fontanero.

Después de estos arreglos y una buena tortilla de patatas que nos había preparado Eva (con la ayuda de Claudia, claro) me dediqué a conquistar el mundo. O más bien a intentarlo. A una mesa 4 amigos, dos cervezas y toda una noche por delante. Para ganar al Risk el ejército azul (el mío) había de acaba con el rojo (el de Guille) que a su tiempo tenía que aniquilar a los morados (Vera, una amiga italiana), que tenían que acabar con los negros (Fede, un amigo italiano que estudia Global Studies con nosotros y toca el saxofón de puta madre) que tenían que conquistar América del Norte y Oceanía. Un follón de guerra del que fui el primero en salir (a eso de las 2 y pico de la madrugada) porque me habían acorralado en el sur de África y que terminó con el triunfo de los negros (precisamente ganaron los que no tenían que aniquilar a nadie).

En esto se convirtió una noche poco prometedora de sábado. Me temo que esto de los juegos de mesa va a ser una actividad recurrente ahora que los días serán más cortos: esta misma tarde hemos estado jugando en el salón de casa Lance, Kursat (el vecino turco de bajo), Kan, su tía (una mujer de unos 60, encantadora, que no tiene ni papa de inglés,  lleva una semana aquí y no hace más que cocinar y alguna salida con su sobrino por Copenhagen) y yo a un nuevo juego de cartas que me han enseñado.

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Una respuesta to “Juegos de mesa, actividad recurrente”

  1. Ángela 3 noviembre, 2010 a 18:39 #

    Competencia? Voy a tener que ir pronto para allí…

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