De mandarinas y papele(o)s

18 Oct

Hoy, por primera vez en mi vida, he ido a comprar mandarinas. Tener un abuelo que se dedica al cultivo de naranjas y demás variantes cítricas es lo que tiene. Harto estaba en València todos los inviernos de los cajones de mandarinas y naranjas que cada fin de semana traíamos del pueblo. Al principio, a eso de noviembre la cosa estaba bien, por aquello de variar la fruta, de recordar los sabores, pero tras varios meses de llenarme la boca de gajos de naranja uno no podía más. Lo peor era justo ahí, cuando no podía más y mi padre, tan insistente con el temita de la fruta como siempre, optaba por hacer zumos, yo creo que lo hacía porque él también estaba algo cansado de las naranjas del suegro y esa era la forma más fácil de terminar con todas. Buscaba razones, incluso: “las últimas naranjas son las mejores para hacer zumo, son las que más jugo tienen”, solía decir.

La cuestión es que ahora estoy lejos y no tengo las naranjas de mi abuelo, ni que descargar cajones todos los fines de semana, ni a mi madre que me diga comete la fruta ni a mi padre que se ponga a hacer zumos. Entonces es aquí cuando uno decide armarse de valor e ir al supermercado a comprar una malla de mandarinas. Mil veces me han insistido mis padres para que las comiera, pero ha tenido que ser a más de 2000km de casa para que lo hiciera yo por primera vez (quizá esto sea eso de la responsabilidad).

Seguramente, en la decisión de ir a comprar las mandarinas al Super Brugsen (el supermercado caro de Trekroner) también influyó la insistente propaganda que hizo mi amigo Guille:

– “Quien iba decir que encontraríamos mandarinas valencianas en Dinamarca. Víctor, que son de la Pobla del Duc, ni más ni menos”, me escribió por el facebook nada más probarlas.

– “Están buenas?”, pregunté yo sorprendido.

– “Buenísimas tío”, dijo él. “De la Pobla del Duc, no se muy bien por donde está eso, pero tienen pinta de ser por València, no?”

– “Es un pueblecito situado entre Gandia y Canals, efectivamente: València. Sí, iré a comprarlas”. Dije yo tras una rápida inspección por el google maps.

– “Bueno, pues ve rápido a comprar, antes de que se acaben. Y de paso cómprame otra malla a mí, que me las acabaré pronto”.

Yo aún he tardado un poco en ir y, de hecho, Guille me ha adelantado esta mañana al ir a por su segundo encargo. Quizá ha sido él quien ha dejado el estante del supermercado temblando… cuando yo he llegado apenas quedaban un par de mallas de la Pobla el Duc y bastantes más de Tarragona (que no se me acuse de patriota, pero los daneses saben de calidad, eh Marc?).

Ahora, que ya las he probado corroboro que son buenas, muy buenas. Así que ánimo a todos los erasmusitos a comprar naranjas de la Pobla del Duc antes de que se acaben. Ah, y a los que me leen desde las tierras del sur… después de las de mi abuelo -claro-, podéis invertir en mandarinas de la Pobla del Duc.

Después de la compra de mandarinas y con el estómago rugiendo (llevaba un par de horas saciando el hambre con sorbitos de agua en la biblioteca: ¡¡que malo es el desorden horario!!) he llegado a casa y, antes de subir las escaleras, se me ha ocurrido abrir el buzón. Grata sorpresa, tras más de dos meses en este país del frío me ha llegado a casa la carta con el número de CPR. El CPR es como el DNI. La tarjeta aún tardará unos días en llegar y, entonces, habrá terminado todo el proceso burocrático que empezó hace muchas semanas. Recapitulemos: el día 17 de agosto, tras apenas dos días en Dinamarca, nos llevaron los de la universidad a todos los nuevos estudiantes al ayuntamiento. Yo no tenía fotos carnet por lo que no pude entregar mis datos. Miren como son las casualidades que debido, en gran parte, a ese olvido empecé una gran amistad con Marc. Él tampoco tenía fotos y mientras los otros hacían la cola del registro (aquí son más rápidas y agradables, pero colas hay en todas partes) nosotros nos quedamos hablando por las calles de Roskilde. Saberse todas las frases de APM fue quizá una de las primeras coincidencias, pero no la única, claro. Era de los pocos que aquí habla catalán y lejos de casa poder hablar con alguien en tu lengua materna, quieran que no, une mucho.

A los días conseguimos que una alemana nos hiciera unas fotos de nuestras caras, pero los días fueron pasando hasta que encontramos una impresora a color y, algo más hubo que esperar, hasta obtener el código pin para imprimir en la universidad. Con aquellas fotos cutres en nuestros bolsillos ya teníamos todo lo que necesitábamos… pero por unas cosas o por otras el viaje a Roskilde para entregar todo en el Ayuntamiento aún se hizo esperar, tanto, que dio tiempo a que mis padres y mi hermana regresaran a casa desde Estados Unidos, metieran unas pocas fotos carnet mías (estas más decentes que las que nos había hecho Leni, la alemana) en un sobre y lo enviaran a mi nueva dirección. Supongo que fue en los días sucesivos que una mañana cogimos el tren (por aquel entonces Marc aún no tenía bici) y fuimos a entregarlo todo: tras una breve espera en lo que parecía el salón de una tranquila casa (pero no, era el Ayuntamiento) presentamos los papeles, pasaportes, fotos y demás y volvimos.

Pasaron las semanas (creo que fueron tres) hasta que llegó la carta diciendo que ya podíamos ir de nuevo a aportar algunos datos más, escoger el médico y firmar unos papeles y continuar así con los trámites. Esperamos unos días más (los días de vagueza de rigor que ya nos tomábamos por costumbre para hacer los asuntos burocráticos: ya que aquí los funcionarios son eficientes, pues que los ciudadanos sean quien aporten la lentitud) y, al fin, fuimos (ahora ya con bicis) a seguir con las pesquisas. Por aquel entonces había pasado tanto tiempo desde la llegada que tuve que aprovechar el viaje para comprar un forro polar (con buen descuento al ser 2×1, Marc se compró el otro) y un buen abrigo… imaginen el tiempo que había pasado.

Desde ese día (hace más de tres semanas) ya no sabíamos nada de nuestro querido CPR. Hoy ha llegado el número, en unos días -espero- llegará la tarjeta. No cantaré victoria, aún queda la tarjeta, pero cada vez quedan menos posibilidades de que se cumpla aquella idea que un día, entre risas, se nos ocurrió: que volveríamos a casa sin haber tenido papeles daneses.

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Una respuesta to “De mandarinas y papele(o)s”

  1. sara 18 octubre, 2010 a 22:03 #

    UN SALUDITO DE NUEVO, GUAPO.
    U.V.O. AL HABLA PERO NO AQUÍ.
    NOTICIAS DESDE VALENCIA: FRÍO POR LA MAÑANA, AGRADABLE AL MEDIODÍA. RITA SIGUE EN SU MANSIÓN DE LA PZA DEL AJUNTAMENT; SIN NOVEDAD EN EL FRENTE. LA VIOLENCIA DE GÉNERO A LO BESTIA, MENUDOS BESTIAS. EL SUELO LLENO DE HOJITAS MARRONES Y LAS CHICAS SACANDO LA ROPA DE LOS CAJONES. ¿BOTAS? ¿SANDALIAS?… ¡UFFFF! ¡QUÉ ME PONGO!

    BESOS Y BESOS

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