Ir o no ir…

20 Sep

Pocas, muy pocas ganas tenía de levantarme un domingo a las 8 de la mañana para irme con los amigos a ver el castillo de Helsingor (donde Shakespeare situó los sucesos de la novela de “Hamlet”). Ir o no ir, esa era la cuestión.

Había sido un fin de semana largo, el vienes había sido la fiesta del campus (con miles y miles de personas que habían venido a desfasar por una noche en las carpas y aulas convertidas en discotecas: increíble). La fiesta derivó a partir de las 3 de la mañana en una recogida masiva de latas y botellines entre Sara y yo para devolverlos al día siguiente al supermercado (a 1 corona por lata, sacamos más de 200, cerca de 30€). Con la pasta que sacamos nos hicimos un banquete de comida de primera calidad (berenjenas ralladas, ensaladas de queso de cabra, tostas de beicon,…) para pasar la resaca de la mejor manera posible.

El domingo me levanté algo constipado y bastante cansado… Ir o no ir, esa era la cuestión. No lo pensé más y rápidamente me vestí y fui a coger el tren que a punto estuve de perder. La visita la íbamos a hacer con Verner, un compañero de clase danés de algunos amigos que estudian ‘Comunication’. En el tren me enteré de que la visita no sólo era al castillo, también al pueblo cercano en que Verner había vivido de pequeño y a comer a casa de sus padres. Aquello me avergonzó bastante, porque una cosa es sumarse a una excursión como el que no quiere la cosa, pero otra echarle morro y autoinvitarse a una comida hogareña. Cuando conocí a Verner en la estación, parecía un tipo muy majo y al poco ya estábamos hablando como si nos conociésemos de hacía tiempo. Me peguntó  qué me parecía la gente danesa (todos los daneses que he conocido me preguntan lo mismo) y él me estuvo contando su opinión de España, pues estuvo hace unos años allí de vacaciones.

Visitamos la fortaleza y el interior del castillo. El castillo de Helsingor, a pesar de que en ocasiones ha acogido a la familia real danesa, es una fortaleza construida para la defensa, pues controla el punto más cercano entre Dinamarca y Suecia. Desde la orilla del mar se ve el país sueco perfectamente, donde ayer precisamente se celebraban elecciones generales. Espero que este castillo permita, ahora que la ultraderecha xenófoba ha entrado por primera vez en las cortes suecas, defender a Dinamarca de las malas costumbres de sus vecinos.

Después de la visita cogimos de nuevo el tren y nos fuimos al pueblecito de Verner. Las casas bajas y ocultas entre los árboles componían el paisaje; tras cruzar varias zonas de árboles llegamos a la de sus padres: un matrimonio cercano a los 50, él artista y ella funcionaria. Con dos grandes sonrisas nos invitaron a pasar a su humilde morada: casita de dos plantas, con suelo de madera, nada recargada y con un aire bohemio (libros por todas partes, tocadiscos, alfombras, cuadros,…). Una casa sencilla pero cómoda y agradable, como deben ser la mayaría de las de por aquí. El sol potente de mediodía iluminaba el verde del jardín y dejaba entrar una luz que daban un toque especial a la casa. Nos habían preparado una mesa con comida típica danesa (arenque, carne con verduras, patés, huevos,…). Al principio la situación fue algo fría, no acabábamos de saber responder a tanta hospitalidad nórdica, pero al poco allí estábamos los 15 estudiantes internacionales descalzos (aquí se quitan las zapatillas al entrar a casa), comiendo y conversando repartidos por la cocina y el comedor con los padres de Verner.

Después de comer el padre de Verner nos enseñó su estudio de grabaciones y nos dejó escuchar una canción que había compuesto recientemente, al terminar todos aplaudimos y él se emocionó. Nos puso más canciones y nos contó algunas historias de su vida, algunas de sus experiencias. Al ver que todos le escuchábamos atentos optó por darnos algunos consejos, reivindicó el papel de la juventud, de los Erasmus, que hemos de aprovechar estas experiencias y tenerlas en cuenta en el futuro, porque hay que aprender de cada momento y no olvidar las lecciones que nos da la vida. Y añadió que en un momento de cierta incertidumbre como este, nosotros somos el futuro de Europa los que hemos de construir la convivencia. Aquellas palabras nos emocionaron a todos, que aplaudimos de nuevo.

Tras esta genial visita Verner nos llevó a la playa que estaba muy cerca de su casa y nosotros, que nos sentíamos en deuda por la experiencia que nos había regalado le invitamos a una cena mediterránea en la cocina de la residencia.

Al volver a Trekroner unos cuantos fuimos al supermercado a comprar todos los ingredientes que necesitaríamos para el menú sorpresa que habíamos ideado en el tren de regreso. Al llegar a la “Mediterranean Kitchen” de la residencia de Korallen (bautizada con ese nombre porque es el lugar donde se celebran todas las cenas en sociedad organizadas por españoles e italianos) nos pusimos a cocinar entre todos y nos quedó una cena genial: tortillas de patatas, gazpacho, ensaladas de tomates, arroz con tomate y albóndigas, rebujito,… Después le dimos a Verner un regalo que habíamos comprado entre todos para él y sus padres: una botella de vino y una tarjeta en la que les agradecíamos habernos podido sentir por un día como en casa. Pues eso…  ¡que vivan las experiencias Erasmus!

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